El título de esta subyugante y demoledora novela nace de un enigmático verso del poeta César Vallejo y anticipa, de algún modo, la historia de una pasión (de un fuego) nacida bajo el signo del fracaso, además de esa otra historia, más allá del umbral de la muerte, de un proyecto revolucionario de izquierda derrotado. Los protagonistas, una mujer (que relata para nosotros) y su compañero, parecen instalados en un tiempo que ya no es su tiempo, el nuevo siglo, el nuevo milenio y, desde él, revisan la futilidad de su aventura y la muerte de su hijo. Todo ello en el espacio reducido de una habitación que es un mundo con un orden, diríamos, propio y casi fantasmal: el espacio adecuado quizá para hablar de decadencia de las ideologías y de los cuerpos.
Gracias a una prosa que no teme a la convulsa belleza que André Breton reclamaba, Diamela Eltit arma un relato de una efectividad impresionante: una suerte de obituario definitivo para una experiencia compartida, un fracaso en el que cohabitó toda una generación que creyó en un proyecto social y revolucionario luego frustrado.
Combinando la intriga política de una dictadura con el desarrollo y el fracaso de un amor apasionado, esta novela imparte una visión de la mujer contemporánea que trasciende fronteras y lenguas. La narradora y su compañero examinan la futilidad de su aventura y la muerte de su hijo contra el telón de fondo del derrotado proyecto revolucionario de izquierda. La autora presenta situaciones emocionales de alto voltaje de una manera sutil y seductora y discute el papel de la mujer a lo largo del libro. La novela también habla sobre lo que significa prepararse para la vejez y la muerte en el siglo XXI.
La lectura de Jamás el fuego nunca supondrá, para cualquier lector, una experiencia literaria de primer orden.




